Your search results

GRAZIANO SOVERNIGO,
PIONERO Y PROMOTOR

Estatua-graziano-sovernigo-paradise-village

Nacido en Italia, en un hogar humilde, Graziano Sovernigo de pequeño vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Como tantos paisanos suyos, este hijo de un hombre del campo emigró a Canadá, con una sencilla maleta. Tenía 18 años y su capital era justo el mismo número de dólares.

Tenía que ponerse a trabajar y contaba con una gran capacidad para aprender. Su primer lugar de residencia fue cerca de Minton, New Brunswick, donde trabajó en las minas de carbón; después se mudó a Port McNeill en la isla de Vancouver, British Columbia, donde se empleó como leñador. La jornada laboral le permitía tiempo libre, que aprovechó haciendo cosas de provecho, mientras sus colegas iban a consumir bebidas alcohólicas. Curioso, Sovernigo, un simple peón entonces, se puso a observar al operario de una grúa, investigó cómo era el trabajo, al grado que pudo ser capaz de maniobrar dicho equipo por su cuenta. En una ocasión el responsable de la grúa faltó a trabajar y Graziano se ofreció para cubrirlo. El sorprendido jefe le dio la oportunidad y lo promovió.

El laborioso Sovernigo quería progresar. Puso una peluquería para ocuparse por las tardes pues conocía el oficio desde su país natal. Al principio escaseaba la clientela. Sus compañeros de trabajo preferían los placeres del bar en vez de ir a cortarse el pelo. Inspirado por la necesidad, tuvo una idea: a quienes fueran a su peluquería les iba a obsequiar una copa de vino. Resultado que atrajo numerosa clientela.

Camino al Pacífico

 

Gracias a su empeño y dedicación pudo ahorrar y ahorrar. Tenía planes: quería hacerse de herramienta y equipo para obras. Una de sus pasiones (y habilidades) era la construcción pues en Italia un tío suyo le enseñó albañilería. Armado ya de lo necesario, el laborioso signore Sovernigo se volvió contratista, donde halló oportunidad construyendo albercas.

Un día andaba en esto de las piscinas cuando, casualmente, alguien observó su método de trabajo. El curioso era un estadounidense que le habló de una técnica muy efectiva para estos menesteres y que permitía reducir el proceso de tres semanas a solo una. Mediante una lanzadora de concreto podían hacerse de forma efectiva y segura las paredes de las albercas. Ni tardo ni perezoso, el emprendedor fue a California a adquirir el equipo y aprender a utilizarlo. Y se asoció con la persona que lo introdujo a dicho método.

El joven Graziano tuvo mucho éxito, y se hizo de prestigio, aunque había potenciales clientes que desconfiaban de él por su corta edad. Su solución fue dejarse crecer el bigote a fin de verse más grande. Él mismo operaba la lanzadora y apenas podía dormir por el exceso de trabajo. Experto ya en el negocio, inventó un mecanismo para enrollar y desenrollar la lona protectora de las piscinas en su propia casa. Un vecino había visto su creación y le pidió le hiciera una. Accedió y patentó su producto, que tuvo buena recepción en el mercado.  Además, el emprendedor había ya incursionado en proyectos de gran calado, las naves industriales. No le iba mal.

Retirarse a los 40 años

 

Al cumplir las cuatro décadas de vida, decidió retirarse a disfrutar de sus ganancias. Sin embargo, el destino tenía otros planes para él, quien ni siquiera había terminado la escuela primaria. A las dos semanas, su esposa (Rosa Danieli, a quien conoció en Italia) echó de su casa al exitoso empresario. Nada grave para quien ya se había aburrido de cualquier manera de andar de ocioso. Lo suyo era el trabajo, los negocios, construir.

En alguna ocasión, a fines de los años 60, Sovernigo viajó al sur con la familia: doña Rosa y sus tres hijos. A bordo de una Jeep Cherokee condujo desde Vancouver, quería explorar y buscaba oportunidades para el ramo turístico. Primera parada, California. El esquema urbano de lotes alejados de la playa no le agradó a él ni a su cónyuge, quien tenía experiencia en hotelería en Italia. Decidieron cruzar a México para seguir conociendo y encontrar algún punto atractivo para emprender. Tijuana, descartado… Mazatlán, estaba mejor… Continuaron su ruta por la costa mexicana. Puerto Vallarta los impresionó gratamente. Vendría luego Acapulco: “Ya me ganaron, no hay nada qué hacer. Hace mucho calor”, pensó y volvieron a British Columbia.

Enamorados de la Bahía de Banderas, los Sovernigo Danieli la visitaron varias veces. Ya se sabe qué fácil es subyugarse ante los encantos de esta zona. Además, el modelo urbano de estos rumbos permitía construir frente a la playa, algo que no vieron en California, y les resultaba indispensable para incursionar en el turismo. Finalmente, Graziano decidió comprar un terreno en Puerto Vallarta. No hablaba español y no conocía la cultura ni las leyes locales. Al llegar con el Notario a formalizar la operación, le hicieron ver un detalle: le habían vendido un terreno ejidal a un extranjero, cuando la legislación vigente no lo permitía. Buscó a la persona que le vendió, pero se había gastado el dinero. Welcome to Mexico, Mr. Sovernigo.

Emigrar al Sur

 

Cuando volvió de su breve retiro de la vida laboral, el emprendedor retomó su idea de abrir un negocio en México. Sus hijos ya estaban adolescentes, y la situación política en Vancouver no era propicia para los negocios, por las altas tasas impositivas, así que empacó y se mudó a Puerto Vallarta en busca de mejores aires, acompañado por doña Rosa.

El relajamiento de la antigua legislación, le permitió adquirir un edificio en el Boulevard Medina Ascencio. Se trataba de Villa del Mar, que contaba con una torre. De inmediato se puso a hacer lo que tanto le gusta: construir. El plan consistía en edificar departamentos para habitación. Se trajo un sistema de construcción con base en blocks, que sorprendió a todos. La gente pensaba que con dicho método los edificios iban a colapsar. Jóvenes de 16 a 18 años fueron su equipo de trabajo; a todos ellos los capacitó personalmente.

Ya se sabe que en los negocios uno pone… y el mercado dispone. Sucedió que, en el Vallarta de esos años, la década de los 80, no había suficiente oferta hotelera. Faltaban habitaciones para satisfacer la demanda. Por ello, los hoteles vecinos acudieron a Sovernigo para que les rentara cuartos para su clientela. En un principio el constructor accedió a sus solicitudes hasta que finalmente vio que éste era un atractivo negocio.

Un día acudió a una presentación de tiempos compartidos. Los vendedores que lo atendieron eran las entonces jóvenes promesas del sector: Fernando González Corona y Luz María Torres. Graziano no compró nada, pero consiguió ayuda para comercializar su flamante hotel. De ser sus vendedores, González y Torres serían más tarde sus socios.

Negocio Compartido

 

Asociado con este par de exitosos promotores de tiempo compartido, el ítalo-canadiense inició su incursión en este negocio, a fines de los años 80, con una nueva propiedad: Villa del Palmar, cuyas ventas crecieron exponencialmente.

Comenzaba así una nueva historia de éxito para el humilde migrante italiano que pasó de leñador a operario de maquinaria a peluquero a constructor… Ya en su nueva faceta como hotelero, en un nuevo país, le iría muy bien. En 1991 arranca la construcción de Paradise Village, en Nuevo Vallarta, gracias a una invitación de Celso Humberto Delgado, gobernador de Nayarit, quien lo convenció de invertir en el nuevo fraccionamiento turístico, donde no había nada, fuera del hotel Jack Tar Village y del condominio residencial Marina Fiesta. La otra opción que tenía era los Cabos, en Baja California Sur, donde sus socios, González Corona y Torres, habían puesto la mira para expandirse a través de Villa del Palmar. Incluso, vivió un tiempo en la península, acompañado de su fiel Rosa. Cansado de viajar, del clima, Sovernigo volvió a estos rumbos y decidió invertir por completo en Nuevo Vallarta.

El crecimiento en Nuevo Vallarta fue por etapas. Primero fue la torre Uxmal y luego vendrían otras más. Cada edificio debería generar ingresos para financiar las siguientes fases de expansión. Mientras, iba adquiriendo terrenos para futuras construcciones. Posteriormente, vendrían la plaza comercial y Marina Residences, que empezaron a operar a fines de los años 90. El grupo ha crecido con el tiempo para ir incorporando Playa Vista, Ocean Vista, Grand Marina Villas, el campo de golf El Tigre, Playa Royale, el Centro Empresarial de Nuevo Vallarta, Residencial Los Tigres…

Garantía de Calidad

 

Todas sus construcciones tienen el sello de la casa: calidad. “No hay nada mejor fabricado que lo que hace él”, comentan sus colaboradores. Sus obras son garantía de calidad; él se involucra en todo, al grado de aprobar incluso muebles como las sillas, añaden. Uno de los principios de su organización es el cuidado por los detalles.

En cuanto a construcción, Sovernigo ha hecho escuela. Trabaja rápido, de manera eficiente y con poca gente. Además, varios de los trabajadores que él contrató al llegar aquí, siguen trabajando para su grupo.

Hombre de armas tomar, debió emprender varias batallas para defender sus intereses y sus valores. Así, ha enfrentado sindicatos o gobernadores en asuntos como la necesidad de brindar transporte a su personal, cuando no tenían forma de trasladarse a Nuevo Vallarta. También, ha realizado, con recursos propios, obras de infraestructura necesaria en ese desarrollo; banquetas, colector vial, drenaje, re-encarpetado de calles, dragado del canal…

Este hombre trabajador no es ostentoso y prefiere ser reservado, discreto. “Si algún artículo o equipo sirve aún, no te deja tirarlo”, expresan sus colaboradores. A la fecha, don Graziano tiene escasos pasatiempos, uno de ellos es comprar maquinaria, el otro observar obras en construcción.

Filantropía Discreta

 

Sin mucho ruido, mediante la Fundación Paradise Village, el empresario decidió retribuir algo de lo mucho que Puerto Vallarta y Bahía de Banderas le han dado. En la zona de Magisterio construyó con recursos propios y mantiene un edificio de 75 departamentos para gente que vive de la pepena de basura. Se trata de un programa de vivienda de transición, operado por la fundación Families at the Dump, para estas personas y sus familias. Además de vivir ahí por cierto tiempo gozan de comedor, escuela, juegos… El objetivo es que los niños, principalmente, conozcan otra forma de vida y se preparen para superarse. De vez en vez, don Graziano aparece por ahí de visita. Los niños lo reconocen y saludan, lo abrazan, agradecidos. Él ha comentado que siente empatía por ellos porque de pequeño también tuvo muchas carencias: tardó tiempo en conocer un helado o un dulce; cuando la guerra, iba a revisar los cuerpos de los caídos para tratar de rescatar alguna prenda de vestir o calzado.

Curtido por las penurias, es un hombre de carácter fuerte, enérgico, pero al mismo tiempo generoso y de gran corazón, como lo describen dos de sus colaboradores más cercanos en Paradise Village Group. Modesto, Sovernigo se considera afortunado y afirma que simplemente llegó en el momento oportuno a Canadá y a México. A sus 80 y tantos años, semi retirado ya, se da tiempo para revisar planos de construcción e incluso autorizarlos. Como puede, sigue trabajando porque las vacaciones y el ocio lo aburren. Sobre todo, no le gusta salir de la zona de Vallarta-Bahía de Banderas, y goza enormemente de las bellezas de su paraíso, como sus atardeceres, por ejemplo.

Compare Listings